Cuando te valoras y encuentras el optimismo y la motivación en tu propio ser es cuando dejas de ser dependiente o de querer controlar a quienes están a tu alrededor. Posiblemente cuentes con esas personas tan especiales capaces de darte esperanza en los días más oscuros. Son personas que no piden nada a cambio, que son humildes y sinceras. Su apoyo que nos guía en la búsqueda de nuestra propia luz.

Puede que, en ocasiones, hayas tenido la sensación de que te cortan las alas, te apagan la voz y/o se vulneran tus derechos. Todo ello puede hacer que te cueste tanto encontrar tu propio camino, tu propia felicidad. Pero es esencial encontrar esa luz en tu interior donde cobijas el optimismo y el valor. Así es como alumbrarás tu propio camino y podrás ser la luz que ayude a otros a seguir su propio camino.

Para brillar necesitamos apagar nuestra propia oscuridad

Cuando somos niños somos capaces de brillar con nuestra propia luz. La inocencia, la falta de maldad, las ganas de encontrar motivaciones, la capacidad para ilusionarse cada día son lecciones de vida muy valiosas que debemos recordar. Sin embargo, al crecer, a veces muchos de nosotros olvidamos esa inocencia. La programación a la que nos somete la sociedad, diversos traumas emocionales que podemos experimentar, responsabilidades, vivir en entornos donde se nos pide más de lo que nos ofrecen,  hace que caigamos en el pozo del olvido y nos provoquen ir acumulando decepciones, miedos, ansiedades e inseguridades. Esa oscuridad se instala en nuestros rincones más privados, ahí donde habita nuestra más tierna esencia. Ello provoca que no podamos crecer personalmente y nos en callan en una situación permanente de infelicidad. Es por ello que es necesario que vayamos limpiando estas zonas.

Detecta tus zonas oscuras para poder brillar

A los enemigos hay que detectarlos y hacerles frente, pero es bastante común que los integremos en nuestra personalidad casi sin darnos cuenta. Los pensamientos limitantes son zonas oscuras. Estos dicen una y otra que vez que no vamos a poder con esto y con aquello. Somos nosotros mismos quienes nos ponemos esos muros. Es necesario identificar estos pensamientos y afrontarlos. Comprender nuestra historia y perdonarnos por ello es esencial para cambiar la forma en la que nos vemos y nos sentimos con nosotros mismos.  Apaga tu ruido mental. El hecho de pensar una y otra vez en los errores del ayer y también el hecho de recordar ese hecho que tanto te molestó sólo te genera malestar y frustración. Los miedos son los abismos más peligrosos de nuestro ser. Existen miedos instintivos que nos permiten sobrevivir, pero muchos de nosotros almacenamos varios miedos injustificados. Estos nos cortan las alas y nos impiden alcanzar logros y sueños.

No proyectes tus oscuridades sobre los demás

La frustración personal puede provocar muchas veces que otros proyecten sobre nosotros su ira, su rabia. Puede hacer incluso que nos responsabilicen por cosas que ellos mismos no han sido capaces de lograr. Recuerda que lo que nos molesta del otro sólo son situaciones que no hemos sanado en nuestro interior. La vida nos pone delante una y otra vez a este tipo de personas para que pongamos atención en nuestra propia esencia y sanemos en nuestro interior aquello que nos impide crecer emocionalmente. Construye tu luz personal y proyéctala hacia los demás Antes de esperar a que una luz ilumine nuestro camino, es mejor encontrarla en nosotros mismos y hacerla brillar con toda su intensidad. En lugar de esperar a que las cosas sucedan por sí mismas, debemos ser capaces de invertir en ilusión. Debemos poder crear, encender pensamientos positivos, realistas y poderosos para cambiar nuestras emociones.

Así, podremos encontrar caminos más esperanzadores. Quien es capaz de custodiar la esperanza en su corazón, la humildad en su mente y la ilusión en su mirada traerá también la luz a los demás. Es un proceso que podemos iniciar poco a poco estando más presentes, dejando el pasado en el baúl del aprendizaje integrado donde no hay rencores. Así, podremos mirar al “aquí y ahora” con más optimismo, disfrutando de las pequeñas cosas sin miedo, sin ataduras ni rencores.